Efeméride de la batalla de Montgisard (25 de noviembre de 1177)

Corría el año del Señor de 1177, y Saladino, sultán de Egipto y Siria, y caudillo de los sarracenos, decidió que había llegado la ocasión de borrar del mapa de una vez por todas al reino cristiano de Jerusalén. El 18 de noviembre cruzó la frontera encabezando un ejército de 26.000 hombres y avanzó raudamente a lo largo de la costa: parecía que nada ni nadie podría impedir que el poderoso líder musulmán cumpliera con su propósito.

Al enterarse de la invasión de Saladino, la Orden Templaria reunió a sus caballeros en Gaza, ignorando que el objetivo principal de Saladino era el puerto de Ascalón, más al norte. Balduino IV, el leproso, que se hallaba convaleciente, abandonó entonces el lecho de enfermo y convocó a todas sus tropas en defensa del reino. Pero sólo se logró reunir a quinientos caballeros y algunos miles de infantes. Sin amilanarse, el rey abandonó Jerusalén a la cabeza de su pequeño ejército: lo acompañaban Reinaldo de Châtillon y el obispo de Belén, que portaba consigo la reliquia de la Vera Cruz.

Avanzando a marchas forzadas, Balduino IV llegó a Ascalón antes que el enemigo. Pero ahora el rey y sus tropas estaban sitiados por el ejército egipcio en pleno, los refuerzos que intentaban unírseles eran derrotados y capturados, y entre Ascalón y Jerusalén no había un solo soldado cristiano.

Fue entonces cuando Saladino cometió su gran error: subestimar al enemigo. Creyendo segura la victoria, el sarraceno solo dejó una pequeña guarnición frente a Ascalón y prosiguió su marcha rumbo a Jerusalén. Además dio permiso a sus tropas para saquear la comarca a discreción, por lo que la disciplina disminuyó en el campamento musulmán: nunca pudo pensar Saladino en que el rey leproso arriesgara una salida desde Ascalón.

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Balduino IV orando antes de la batalla de Montgisard

Pero con toda la valentía que nace de la desesperación, era eso justamente lo que Balduino IV había decidido. Al constatar la dispersión del ejército enemigo el rey envió un mensajero a los templarios en Gaza, urgiéndolos a unírsele. Ochenta caballeros respondieron al llamado, y al aproximarse a las murallas de Ascalón presenciaron la irrupción de Balduino IV al frente de su ejército. Las fuerzas cristianas marcharon a toda velocidad rumbo al norte, siguiendo la costa en el desesperado afán de interceptar el avance enemigo rumbo a Jerusalén.

Era el 25 de noviembre de 1177. El grueso del ejército de Saladino atravesaba un barranco en las cercanías del castillo de Montgisard, al sudeste de Ramleh, cuando un retumbar de cascos procedente del norte llamó la atención de algunos soldados. Pero, ya era demasiado tarde: poco después el ejército cristiano irrumpía de la nada para abalanzarse con furia sobre las desprevenidas tropas enemigas.

La sorpresa fue total. La visión de seiscientos caballeros lanzados al ataque fue demasiado para los soldados musulmanes, muchos de los cuales pusieron pies en polvorosa sin intentar resistencia alguna. El ímpetu de la caballería cristiana fue tal que al primer choque, aquellos enemigos que no cayeron víctimas de sus lanzas, fueron desperdigados como paja al viento. Las pocas unidades que soportaron a pie firme el embate de la caballería fueron prácticamente aniquiladas.

Batalla Montgisard

Batalla Montgisard

Balduino IV combatió en primera línea, acompañado por Hugo y Guillermo de Galilea y los hermanos Balduino y Balián de Ibelin. El coraje de sus líderes insufló nuevas fuerzas al ejército, y la tradición cuenta que se vio a San Jorge luchando con los caballeros cristianos. En pocas horas el combate se había decidido y los destrozados restos del ejército egipcio se hallaban en plena desbandada rumbo a El Cairo, abandonando botín y prisioneros y arrojando incluso sus armas para aligerar la marcha. La fiel guardia mameluca, que se sacrificó por su líder, posibilitó a Saladino huir tan rápido como pudo.

Las penurias del ejército sarraceno no terminaron allí. Durante su retirada por el desierto del Sinaí, con el enemigo pisándoles los talones, los supervivientes debieron soportar el permanente hostigamiento de los beduinos: muchos pagaron con su vida el error de haberse librado de sus armas. Cuando Saladino llegó a El Cairo lo acompañaba apenas una décima parte de su ejército original, dejando tras de sí un sangriento reguero de más de 20.000 muertos. Así concluyó la batalla de Montgisard para gloria de la Cristiandad, hace hoy 839 años.

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